HISTORIAS

UNA ESCENA DE BALCÓN:
PABLO BELTRÁN DE HEREDIA CONTEMPLA UN MIRÓ


El dibujo de tinta sobre papel «gira» en torno al nombre de Joan Miró impreso en mayúsculas casi en medio de la hoja.

Debajo del dibujo puede leerse un texto autógrafo escrito con tinta azul que dice:

a Pablo Beltrán de Heredia, en recuerdo de Altamira y Santander.

Miró.

3/4/57

Autor: Juan Antonio González Fuentes

Así comienza la historia que quiero contar. Una historia que, para explicarse bien, necesita viajar hacia atrás en el tiempo unos años y que, para cerrarse de forma adecuada, debemos llevarla hasta 1959 y prolongarla durante cuarenta años más, hasta 1999. Así quedará completo y cerrado el círculo. Demos ahora comienzo al relato.

UNA ESCENA DE BALCÓN:

La Escuela de Altamira en Santillana del Mar, 1949-1950

A lo largo de una semana, durante los meses de septiembre de 1949 y 1950, tuvieron lugar los dos principales Encuentros de la Escuela de Altamira en la localidad cántabra de Santillana del Mar. La intención de dichos encuentros fue la de promover la renovación del arte español de posguerra, poniéndolo en contacto con las principales corrientes de la modernidad artística y abriéndolo a una visión menos cerrada y más cosmopolita.

La idea nació en 1948 del artista alemán Mathias Goeritz, quien al descubrir las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira encontró en ellas inspiración para un «Arte Nuevo» enraizado en las expresiones artísticas de la prehistoria e influido, también, por las enseñanzas de la Escuela de París, la Bauhaus, Paul Klee o Joan Miró.

Goeritz pensó reunir donde entonces vivía, en Santillana del Mar (muy cerca de la cueva de Altamira), a un grupo variopinto e internacional de artistas e intelectuales para promover e incentivar el debate y el intercambio de opiniones. Además del propio Goeritz, los impulsores del proyecto fueron el escultor madrileño Ángel Ferrant; el abogado, escritor, crítico literario y futuro Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el leonés Ricardo Gullón (fiscal en esos momentos en Santander); y el historiador, editor y escritor Pablo Beltrán de Heredia, a quien Miró dedicó casi una década más tarde el dibujo con el que da comienzo este relato.

Detengámonos aquí un momento para hacernos una pregunta probablemente inevitable. ¿Beltrán de Heredia? ¿Quién fue Pablo Beltrán de Heredia?, sin duda el menos conocido de los personajes citados e hilo conductor de esta narración. La respuesta, como casi siempre en estos casos, es a la vez sencilla y compleja. Fue un hombre excepcional, una de las figuras clave para entender en lo cultural y lo político el Santander del pasado siglo. Quien más y mejor ha escrito sobre la vida y obra de Beltrán de Heredia es sin duda José María Lafuente. Él escribió los libros Pablo Beltrán de Heredia. La sombra recobrada (La Bahía, 2009) y Pablo Beltrán de Heredia In Memoriam (Bedia / La Bahía, 2009), y además es el editor literario de su correspondencia (1950-2004) con el poeta y pintor Julio Maruri (La Bahía, 2009), páginas esenciales para conocer la vida cultural y política del Santander de la segunda mitad del siglo XX.

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Pablo Beltrán de Heredia

Cuando Pablo murió en su ciudad de adopción en agosto de 2009, Lafuente publicó una necrológica en el diario El País en la que quedaban recogidos muchos de los aspectos clave de su vida. Son estos: nació en Guía de Gran Canaria en 1917, pues su padre, médico militar de origen salmantino, estaba destinado en la isla. A los 11 años fue enviado a vivir a Salamanca con sus tíos, el matrimonio sin hijos formado por Enrique Sánchez Reyes y Rosario Beltrán de Heredia. En 1932 Sánchez Reyes se trasladó a Santander al ser nombrado director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, y Pablo marchó a Madrid con sus padres. Sin embargo, a partir de ese año pasó todos los veranos en Santander en casa de sus tíos. Al concluir en Madrid el bachillerato, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria al tiempo que asistía por libre a los cursos de la escuela de periodismo de El Debate.

El comienzo de la Guerra Civil le sorprendió en Santander, donde residirá hasta la entrada en la ciudad del ejército franquista. Al acabar la guerra fue nombrado asesor del Servicio de Recuperación y Defensa del Patrimonio Artístico, cargo que compatibilizó con el final de sus estudios universitarios. A partir de 1942, al tiempo que ejercía como secretario de redacción de la revista de la Universidad de Madrid y de la Revista de Indias, trabajó como profesor ayudante en la cátedra de Historia Universal Moderna de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, de la que era titular el cántabro Ciriaco Pérez Bustamante. En 1947 Pérez Bustamante fue nombrado rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Los cursos y actividades de esta universidad tienen hasta hoy su sede principal en el santanderino Palacio de la Magdalena, y Pablo se integró en el equipo del nuevo rector como director de la Residencia Universitaria de Monte Corbán, cargo que desempeñó hasta 1953. Aunque al terminar la guerra ya había reanudado sus estancias estivales en Santander, fue a partir de 1947 cuando desarrolló una intensa actividad social, política y cultural siempre a caballo entre esta ciudad y Madrid.

Algunos de sus desempeños en el ámbito de la cultura fueron los siguientes: secretario general de los Encuentros de la Escuela de Altamira (1949-1950), socio desde 1949 de la que acabará siendo histórica imprenta Bedia, profesor del departamento de español en la Universidad de Texas (1966-1983), asesor nacional de museos y vocal del patronato del Museo del Prado en los años setenta, y director de actividades culturales de la Fundación Santillana (1981-1987). A todos estos trabajos hay que sumarle la publicación de más de una docena de libros y su labor como editor o director editorial, y en la que figuran títulos de, entre otros, José Hierro, José María Gil Robles, Julio Maruri, Vicente Aleixandre, Ricardo Gullón, Claudio Rodríguez, Enrique Lafuente Ferrari, Eugenio d’Ors, Juan Benet, Ángel González, Francisco Ayala, Gerardo Diego, Luis Felipe Vivanco, Jorge Guillén, José Luis Aranguren, Blas de Otero, Jorge Campos, Julián Marías o Carlos Barral.

Hecha a grandes rasgos la presentación de Beltrán de Heredia, retomaré el hilo de esta historia que nos sitúa en los Encuentros de la Escuela de Altamira con Pablo actuando como su secretario general y organizador de las actividades complementarias a los debates, así como responsable de las ediciones que se hicieron (revista Bisonte, libros, carteles y material efímero).

UNA ESCENA DE BALCÓN:

UNA ESCENA DE BALCÓN:

Los Encuentros de Altamira

Con el imprescindible patrocinio del gobernador civil de Santander y jefe provincial del Movimiento, Joaquín Reguera Sevilla (otra notable figura merecedora de algún estudio), los encuentros en Santillana del Mar se celebraron en 1949 (19 al 26 de septiembre) y 1950 (21 al 28 de septiembre), paradójicamente sin la presencia de Mathias Goeritz, quien para entonces ya estaba trabajando en México, donde vivió el resto de su vida y realizó buena parte de su obra.

Estuvieron presentes en uno de los encuentros o en los dos, entre otros artistas, poetas e intelectuales: Willi Baumeister, Alberto Sartoris, Carla Prina, Anthony Stubbing, Ted Dyrssen, Pancho Cossío, José Hierro, Modest Cuixart, Enrique Lafuente Ferrari, Joan Teixidor, Luis Rosales, Julio Maruri, Jesús Otero, Luis Felipe Vivanco, Rafael Santos Torroella y varios artistas vinculados o relacionados con el grupo ADLAN: Eudaldo Serra, Llorens Artigas, Sebastià Gasch y Eduardo Westerdahl. A estos nombres quedan añadidos, lógicamente, los de Ángel Ferrant, Ricardo Gullón y el propio Pablo.

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Desde un punto de vista histórico, la Escuela de Altamira cumplió con al menos uno de los objetivos con los que nació, pues su impronta, de una forma o de otra, está detrás de varias iniciativas institucionales o particulares que se dieron en aquel tiempo para conectar la realidad artística española con la vanguardia. Nos referimos a la Bienal de Arte Hispanoamericano (1951), la creación del Museo de Arte Contemporáneo (1952), el Congreso Internacional de Arte Abstracto de Santander (1953), o grupos como El Paso, Parpalló, LADAC, Taüll o el Grupo R. De la Escuela de Altamira también surgieron sólidas amistades, como veremos enseguida.

Los promotores de la Escuela de Altamira intentaron que Joan Miró, amigo personal de Llorens Artigas y desde hacía años artista indiscutible de la vanguardia internacional (y además español, circunstancia que para el caso no debemos orillar de ningún modo), estuviera presente en alguno de los encuentros de Santillana del Mar, pero la iniciativa no llegó a fructificar. Las razones quedan fuera del marco de esta historia, pero lo que sí debemos subrayar aquí es que Miró tuvo noticia de los encuentros y, fundamentalmente, quedó interesado en la posibilidad de llegar a ver algún día con sus propios ojos las pinturas de Altamira.  

 

Dos cartas de 1957 de Beltrán de Heredia y Julio Maruri: Altamira, Joan Miró, Pepito Llorens Artigas, Catalá Roca

Fue casi una década después, a principios de marzo de 1957, cuando se dio la ocasión y Miró visitó Santander y la cueva de Altamira. La lógica indica que, muy probablemente, el viaje estuvo impulsado por Llorens Artigas, dada la amistad que le unía tanto a quien tenía interés en conocer las pinturas rupestres, Joan Miró, como al que ejerció de secretario de los Encuentros de Altamira en 1949 y 1950, Pablo Beltrán de Heredia, quien a finales de la década de 1950 seguía siendo un hombre clave y con recursos en la vida política y cultural de Santander.

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De la visita dan noticia Beltrán de Heredia y Julio Maruri en la correspondencia entre ellos que, como ya se ha señalado, editó José María Lafuente en 2009. El 5 de marzo de 1957, Pablo le escribe desde Santander a Julio, quien tras una crisis personal había dejado su ciudad natal, se había hecho carmelita con el nombre de Fray Casto del Niño Jesús y estaba con los carmelitas descalzos de Begoña, en Bilbao:

«Querido Julio: Quiero, ante todo, que te llegue con esta carta la noticia de que el próximo sábado, día 9, llegará en el automotor procedente de Santander, que debe tener su entrada en Bilbao a las doce, el inefable Pepito Artigas con su hijo, el pintor Juan Miró y el gran fotógrafo Catalá Roca [las fotos de Miró y Llorens Artigas contemplando las pinturas en el interior de la cueva son suyas]. Van a estar solamente unas horas en Bilbao, pues saldrán en el avión de la tarde de ese mismo día, para Barcelona. Al venir, apenas estuvieron ahí un par de horas. A Pepito le haría una gran ilusión verte. ¿Te resultaría fácil bajar a la estación? Me ha dicho que está gestionando llevarte a predicar a Gallifa. Está exactamente igual que siempre. El tiempo no ha pasado por él. Tiene ahora entre manos una obra monumental, en colaboración con Miró: dos grandes —inmensos— paneles de cerámica para la fachada exterior del palacio de la UNESCO en París. Según deseos de Miró, estará presidida su tarea por los bisontes de Altamira, el románico catalán y la arquitectura de Gaudí. El gran salón de sesiones de ese mismo edificio será decorado por Picasso. No deja de ser un gran triunfo para España más bien, del espíritu de la raza española...».

Este párrafo refleja la estrecha relación de amistad que tanto Pablo como Julio mantenían con el artista José Llorens Artigas desde los tiempos de la Escuela de Altamira. Para ellos es Pepito Artigas, uno de los tres «personajes» (Pepito, Llorens y Artigas) en los que el propio artista se dividía atendiendo a distintas características de su personalidad, como le explica a Julio Maruri en una carta que, en sí misma, es otra historia, otro relato a contar en algún momento. El párrafo reproducido es con el que da comienzo una carta bastante extensa, y ofrece en sus pocas líneas muchos datos de interés: la presencia de Catalá Roca en la visita realizada a Altamira, el proyecto conjunto Miró - Llorens Artigas para la UNESCO, los motivos que deseaba Miró estuvieran presentes en la obra...

La carta de Pablo tuvo contestación. Julio le escribió desde Begoña el 9 de marzo de 1957:

«Querido Pablo: Gracias a tu carta, que llegó tan puntual como urgente, he podido preparar mi salida a la estación. Llegó el automotor y mi desilusión fue inmensa. Todo el mundo bajó y ya no quedaba nadie, cuando en esto que aparece un muchacho esbelto con artefactos de retratar. El padre Alfredo lo vio antes que yo: "Mira, ¿no será Catalá Roca?". Nos acercamos: "Perdone usted. ¿Artigas no viene? ¿Es usted Catalá Roca?", "Sí, viene, yo soy su hijo". Puedes imaginar el suspiro de alegría. Entramos en el vagón y allá estaba Pepito, sentado aún, esperando que sacasen los equipajes. Con él, Miró. Puedes imaginar el abrazo tan emocionante para mí. Hemos pateado juntos por Bilbao, como una hora y media, hasta la salida del autobús para el aeropuerto. Joan Miró, maravilloso y bueno conmigo. Pepito, el embrujador de siempre. Que les habías dado un ejemplar para cada uno del Libro de Santillana [de Enrique Lafuente Ferrari, 1955]. "¡Oye, que vamos a pagar la sobretasa en el avión!", el hijo de Artigas iba con un ejemplar bajo el brazo cuando salieron para el campo. Catalá Roca y él salieron disparados a fotografiar Bilbao, mientras nosotros paseábamos. Hasta consiguieron que les maniobrasen el puente levadizo para tirar unas placas. Vienen encantados de Altamira y Santillana. Miró mucho, también, con la colegiata...».

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Estas líneas constatan el grado de amistad existente entre Maruri y Artigas desde que se conocieron en el entorno de la Escuela de Altamira en 1949, y vienen a subrayar a la vez que la visita a la cueva y a Santillana del Mar agradaron a Miró, quien no olvidó ni la visita ni el encuentro con Pablo y Julio. Las pruebas que justifican esta afirmación son el documento que abre estas páginas (fechado el 3 de abril de 1957) y la tarjeta postal con dibujo que el artista envió a Maruri con esa misma fecha.

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Un editor llamado Pablo Beltrán de Heredia: sus libros de bibliófilo

Hay otra prueba, mucho más contundente, de la relación que quedó establecida en esos días de marzo de 1957 entre Beltrán de Heredia y Miró. Ya se ha mencionado que desde 1949 Pablo era socio propietario de la imprenta Bedia. En dicho establecimiento de artes tipográficas puso en marcha diversos proyectos a lo largo de sus muchos años de vida, pero hoy son quizá sus libros de bibliófilo los que mejor hablan de su empeño como editor y de la calidad de los trabajos que acabaron saliendo de su imprenta. Se trata de tres libros:

- Antología (1953), de José Hierro, con dos dibujos de Ángel Ferrant, un grabado en hoja suelta de Joaquín de la Puente, una xilografía de Ricardo Zamorano en la cubierta, y letras capitales de Cañas iluminadas con colores por Daniel Gil. Este libro obtuvo para José Hierro el Premio Nacional de Poesía en 1954.

- Obra poética (1957), de Julio Maruri, con cubierta y contracubierta con litografías de Pancho Cossío iluminadas a mano por Alfredo Muñiz, una litografía de Ricardo Zamorano numerada y firmada, el poema «A Julio Maruri», de Vicente Aleixandre, firmado por el autor; dibujos coloreados de Maruri en cada una de las tres partes en las que se divide el libro, un texto con firma autógrafa de Fray Casto del Niño Jesús dedicado a Pablo Beltrán de Heredia y, por último, una reproducción de un dibujo de Ángel Ferrant dedicado a Maruri. Este título logró para su autor el Nacional de Poesía del año 1958.

El tercero de los libros es el que reúne todo el interés para ir terminando nuestra historia. Se trata de Los encuentros (1959), de Vicente Aleixandre, cuya edición normal en rústica se había publicado en la editorial Guadarrama justo un año antes. La de bibliófilo preparada por Pablo incluye cinco litografías de Julio Maruri - Fray Casto del Niño Jesús, un retrato de Aleixandre firmado por Ricardo Zamorano y por el propio poeta, y la cubierta y la contracubierta presentan fotograbados de dos guaches de Joan Miró: El sol (cubierta) y La luna (contracubierta). El artista le mandó los dos guaches originales a Pablo, y, una vez terminado el libro, le pidió al editor que El sol se lo regalará de su parte a Vicente Aleixandre y que él se quedase como regalo personal con La luna. Pablo, en efecto, cumplió el mandato de Miró y le entregó en mano el espléndido regalo al poeta sevillano, futuro premio Nobel de literatura. En el Archivo Lafuente se conservan cuatro cartas autógrafas de Joan Miró a Beltrán de Heredia en torno al asunto de los guaches para iluminar el libro de Aleixandre.

Como ha escrito José María Lafuente: «La edición de estos tres libros de bibliófilo puede considerarse un hito dentro de las ediciones de la época, sobre todo teniendo en cuenta la precariedad de materiales y de medios con los que se trabajaba. El buen hacer de Gonzalo Bedia como tipógrafo y la dirección y gusto editorial de Pablo hicieron posible este pequeño milagro».

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La foto que plasma un «milagro»

Hay una foto en blanco y negro, tomada al parecer por Julio Maruri, que capta perfectamente lo paradójico del ambiente en el que se produjo el mencionado milagro. Pablo Beltrán de Heredia, situado en una especie de mirador o terraza en el exterior de la imprenta Bedia, en la santanderina calle África, contempla con la luz natural del día las pruebas litográficas de los guaches de Joan Miró que ilustrarán la cubierta y la sobrecubierta del libro que prepara con textos de Aleixandre. En sus manos tiene las pruebas en las que se vislumbran las figuras mironianas y «vanguardistas». Quien sostiene el trabajo viste un traje gris, oscuro, como un joven burgués más de ciudad española de provincias a finales de la década de los cincuenta. Está de pie en un mirador cercado por una barandilla metálica que transmite humedad y óxido. El suelo es de baldosas que remiten a la creación de la profundidad de campo en los paisajes de la pintura renacentista. Y entre el suelo y la barandilla hay una estrecha geografía de tierra oscura habitada con descuido por geranios, algún tiesto y malas hierbas. En la parte superior izquierda de la foto irrumpen las ramas escuálidas y casi desnudas de un cercano árbol endeble.

El paisaje que se contempla desde la altura despejada del mirador no ofrece una rotundidad urbana. Todo lo envuelve una atmósfera provinciana en la que lo rural no se ha ido del todo y se hace presente. Se ven tejados de tejas, algunas viejas chimeneas, ventanas pequeñas que no deben cerrar bien y, más allá, una especie de bruma gris que parece envolverlo todo y resta al escenario alegría, vivacidad, pulso y energía.

Una languidez melancólica, gris y provinciana es el decorado de la escena, pero el argumento que la sostiene y da consistencia narrativa es la visión vanguardista mironiana que explota en el centro de la imagen gritando otros mundos, otras atmósferas, otras vivencias, otras ideas, otras razones, otros colores, otras vidas más abiertas y plenas. Lo nuevo estalla en medio del dormido estatismo provinciano. Ese es el auténtico milagro que capta Maruri con su cámara.

Aquí termina esta historia en la que se entrelazan las figuras de Miró, Mathias Goeritz, Llorens Artigas, Catalá Roca, Pablo Beltrán de Heredia y Julio Maruri. Una historia que habla de libros, ediciones, poesía, pintura rupestre, arte de vanguardia, encuentros, charlas, intercambios, y sobre el deseo y la voluntad de volver a conectar a España con la modernidad y la vanguardia. Una historia que habla, sobre todo, de la amistad y las relaciones personales en torno a la creación y la cultura, y de cómo vivir con pasión y genuino interés el arte y la cultura puede servir para romper las estrechas barreras que en torno a la vida establece lo provinciano y su mentalidad baldía.

Pero antes de bajar el telón, dos apuntes. Me comenta Salvador Carretero, director del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria (MAS), que recuerda haber visto a la venta, en una galería en la feria de Basel, El sol mironiano que un día perteneció a Aleixandre y fue la ilustración de cubierta de la edición de Los encuentros salida de la imprenta Bedia.

Pablo Beltrán de Heredia donó al Ayuntamiento de Santander, para que se integrase en los fondos del entonces Museo Municipal de Bellas Artes, el guache original que le regaló Miró. Lo entregó públicamente el 19 de febrero de 1999 en el Salón de Plenos del ayuntamiento santanderino, durante el transcurso de una ceremonia en la que se le concedió el título de Hijo Adoptivo de Santander. Desde entonces, La luna forma parte de lo mejor y más destacado de los fondos del MAS.

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